
Por más que quisiera, no pudo ser un poema este recuerdo, este suspiro filosófico que en este momento me supo inspirar. Será porque quería escribir un poema acerca de un poema, cuando al original en su profunda belleza no lo supe superar.
Y bien, al rumiar acerca de mi escualida existencia (y no sé si hago mucho más que eso) buscaba una imagen que pudiese pintar un sentimiento eternamente persistente y trágicamente común a todos los seres que me rodean. Algunos lo sienten de manera más aguda, otros prefieren ignorarlo, pero creo que todos conocemos el dolor visceral de la barbarie existencial.
No es nada nuevo, cualquier artista lo sabrá. En todo caso, al querer yo plasmar en el papel unas pocas palabras provistas de ritmo acerca del tema, se me vino a la mente la imagen más clara de lo que quería decir, pero esta ya había sido creada.
En una de las películas que viene a ser de mi infancia, Roberto Benigni es llevado bajo fusil a su muerte. Inevitablemente cruza en su camino la mirada de su hijo, quien se encontraba escondido para salvar su vida. Al hacerlo, Benigni juega, hace de su último marchar algo grandioso, haciendo reir al niño.
En mi niñez, me había conmovido este momento por todas las debidas razones. Sin embargo, hasta ahora nunca había visto a esta escena como una metáfora para la vida. Caminamos, bajo fusil, hacia la muerte; el reir y el hacer reir en este caminar es lo que viene por nustra cuenta.
