No sé,
Sí érase Venecia, Río o Nueva Orleans,
O sí era un remoto pueblito,
A donde la Iglesia supo llegar.
Todos llevaban máscaras
De rosa, violeta y verde felicidad.
Y yo portaba la mía,
Solitario escondite para mi dolor.
Fraguada en bronce, bajo los ojos,
por dos ríos de pena había sido corroida.
Trágica contradicción de lágrimas, alegría y metal,
¡Por toda mi vida te habré de portar!
En el más efímero de los impulsos,
Extendiste tu mano y,
De mi pálido y desencantado rostro,
Quitaste mi máscara.
¡Bombos , platillos, fuego y serpentina!
¿Me liberas de mi exilio? ¿Me perdonas mis pecados?
Me desarmas y me miras
Me dices, estás a salvo , quítame la mía
En este día Dionisio decidió despojarme,
De mi color, mi música y mi alegría.
Lleno de lágrimas de júbilo, removí tu máscara,
Solo para encontrar debajo otra como la mía.
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